Josefita ser…

Josefita_ser... Foto: Jorge C. Landa.

Josefa Bonilla Terán es mi nombre, y hoy, como cada día, voy caminando rumbo a la parada de autobuses. Estos cinco minutos antes de las seis de la mañana me permiten caminar y respirar con calma para llegar puntualmente a mi trabajo. Dicen que es una rutina pero yo lo veo más bien como la práctica cotidiana de un rito… bueno pues, es mi rutina.

Josefita_ser... Foto: Jorge C. Landa.
Josefita ser… Foto: Jorge C. Landa.

Paso por la casa que tanto me gusta, su patio es una fábrica de oxígeno por sus grandes árboles, sólo odio al perro que me ladra. ¡Ya ni me asustas!, grito en mi mente, aunque pienso que es su forma de saludarme e invitarme a quitar este gesto que tanto me recuerda al suyo, bueno el de las primeras veces, porque ahora lo veo y descubro un rostro amigo.

En el paradero de Lebrija la fila se parece a la que se formaba para comulgar en la capilla de mi pueblo natal, nadie habla entre sí porque fingen platicar con Alguien; además, el uso de tapones de orejas es un aislante que embrutece con música para no tener que saludar, algo que agradezco porque algunos de aquí no me agradan, me estremezco al verlos.

Este escalofrío que recorre mi piel no es el único en mi mañana, vienen los peores (o mejores) por subirme al metro en la estación Pantitlán y transbordar en Balderas donde parece que nadie se fija que tengo 57 años, sus manos tocan mi pecho y sus pechos rozan mi espalda, con tal descaro que ya ni moverme vale la pena porque ni verlos feo les asusta.

Al final, me parece entender, estamos igual, ensardinados en este vagón, sin saludarnos y fingiendo que no nos conocemos a pesar de que sus genitales y los míos han estado colindantes y convergentes. Tan especial que me creo y en este momento soy una gota más en esta ola humana que no se contiene ni para eructar.

A veces vale más hacer lo que ahora hago, me olvido de mi edad y mis achaques, y corro a empujones a ganar la ventana, al menos aquí sentada puedo fingirme dormida, voltear la cara hacia afuera y soñar; aunque ahora sólo me preocupa respirar, esta necesidad fisiológica se ha convertido en mi meta en la vida.

Todos parecen haberse bañado, pero son muy evidentes sus distintos humores, sus digestiones matutinas y mi mal humor por no haber dormido acompañada, otra vez. Siete años… parece que han sido cinco décadas porque mis amarguras se han acumulado en esta joroba que parece crecerme cada día más y tengo que cubrir con pañoletas.

Me quedé dormida y entre sueños recordé que debí conservar mi carro y haber preferido perder a aquel hombre antes de perderlo junto con mi dinero. A veces en lugar de respirar, me concentro en ver a los rostros de los hombres que me acompañan en el recorrido para ver si lo descubro y al menos golpearle la cara con la bolsa. Nunca lo he visto.

Me bajo del metro, o me bajan, da lo mismo, esta inercia es ya cosa de todos los días y este miércoles 11 no es la excepción. Apretujones para salir, empujones para caminar por los pasillos, y un breve temblor al subir las escaleras, no sé si por los trenes del metro o porque esta ciudad se rebela ante tanto peso y se cimbra para ver si reaccionamos.

Camino casi 200 metros para llegar a este parque que siento mío, no porque lo disfrute, creo que nunca me he sentado en sus bancas; es mío porque aquí respiro confiadamente, es mi aire y si mis aromas no son los correctos, son los míos. Cómo quisiera que fuera el patio de mi casa. Eso sí que me haría jubilarme. Sería feliz.

Volteo a todos lados tratando de encontrar al menos un rostro amable que me ayude a cambiar mi gesto, en vista de que no me funciona el espejo, esto hago cada día: seguir la rutina de un saludo antes de entrar a la oficina y dejar de ser Josefa para ser Josefita, la señora mayor y exigente que todos quieren. A veces me siento personaje de telenovela.

Otro día más, el reloj checador marca la hora exacta en la que mi dedo índice es registrado: 7:54 am. Soy la primera en llegar y la que abre las ventanas y encender los aparatos de ventilación. Fue lo mejor que me ha pasado en el trabajo, asignarme la responsabilidad de prender estos aparatos que me ayudan a lograr mi meta diaria: respirar.

Creo que esta obsesión de respirar aire puro es la que los alejó de mí. Juan por cobarde, Manuel por borracho, José por mujeriego y Carlos por otro, pero todos porque no saben respirar aire puro, prefieren el aroma del alcohol, el cigarro o sus flatulencias. ¿Cómo sería mi padre? Me lo imagino cómo ellos o peor, porque mi madre era menos “yo”.

Bien, llegó el momento. Josefita entra en acción y hará todos los reportes de hoy, llamará a todos los números que le pidan, dará consejos sentimentales (que nunca ha puesto en práctica), ayudará a archivar, revisará reportes oficiales, entregará documentación y besará una que otra mejilla al aire. Ahora trabaja la mujer feliz.

FUENTE: FLORES HERNÁNDEZ VÍCTOR FLINT (2015), DIARIO DEL YAQUI, AÑO LXXIII, NÚMERO 28,044. SECCIÓN QUEHACER CULTURAL, AÑO XXII, NO. 1097, PÁGINA 4, 14 DE JUNIO DE 2015. Disponible en: http://www.diariodelyaqui.mx/secciones/quehacer-cultural/98256-josefita-ser

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